Noche es de nieve dulce tu boca;
tu mirada,
hierro candente y hondo que me duele
doblemente por dentro.
Gimes y te rebosas,
vuelo vivo de oscuras pesadumbres
que deslumbran al fin
tu cuerpo
tenso y pleno.
Astros de niebla densa me embriagan al besarte,
bebo todas las sombras como un vino esquivo
forjado en la tibieza derramada y sedosa.
Calidez rebrotada, angulosos deseos,
el olor afilado de la suave tiniebla
que humedece tu sexo:
todo en ti se hace espacio,
oleaje de instantes que se agitan y ponen
un sabor de cuchillo y de espuma
que al fin invade de silencio
mi cuerpo
tenso y pleno.
Mi voz recorre en vuelo los caminos
sedienta de tu alma evanescente,
te acecha agazapada en las palabras
que palpitan en sombra y en deseo.
Qué delicia tu boca apresurada
por mi letra callada, sí, qué aurora
en los versos tus ojos, que acarician
suavemente sus alas mensajeras.
Deja que luego busquen en tus labios
la grácil humedad para el regreso,
que los unja de luz tu voz, y el aire
los recubra de ausencia fugitiva.
Y a mi boca se vuelvan fatigados,
victoriosos y dulces como heridas,
y se duerman por fin, como palomas
derretidas de amor en el silencio.
¿Basta sin más con que te diga
que te amo? ¿O es que es preciso
acumular palabras
como escombros,
trenzar metáforas, sonidos,
versos que se te enreden en la boca
y traigan esa antigua huella
de un cierto aturdimiento dulce
en que la lengua
evoca el trazo oscuro,
dudosamente,
el mapa ciego de tus dientes
y tus labios? Y sin embargo,
no sé callarme, no, no sé callarme,
y una y otra vez te dejo escritos
escombros, versos, huellas, mapas,
la ruina suave del recuerdo,
la medida canción de la memoria,
la evocación del beso hecho herida,
cartografía
de tanto amar, de tanto amarte, sí,
de este modo exhaustivo de quererte.
El sueño espeso del deseo,
la vestidura blanca del olvido,
sus ojos, vacíos y hondos,
todo lo deposito
en el umbral incierto del silencio,
y busco
la humedad impaciente,
la soledad espaciosa de tu boca.
Como aves antiguas
las palabras se mojan
tibiamente en tus labios,
y enseguida
alzan de nuevo un vuelo
oscuro en las moradas
secretas de tus ojos.
Dónde pondrán sus cuerpos
pequeños y lascivos,
alados y precisos,
en qué lecho ansiarán
el temblor
dulce, la llama fría,
los labios resecos
de la muerte.
Qué despacio mis ojos por tu cuerpo
buscan un viento helado, una locura
de pájaros huidos, de minutos
mansamente dormidos sin memoria.
Con cuánta soledad tu movimiento
me encadena en el fuego de mirarte,
en la prisión oculta y codiciosa
del deseo de ti, sedoso y vivo.
Ah, por dónde alcanzar tu boca esquiva,
por qué espacio volar hasta tus ojos,
por qué cielos traidores y nocturnos,
por qué ocasos malditos y qué lunas.
Te escribiré de nuevo
simplemente
una bandada densa de palabras,
que llenará tus ojos de camino,
de canto y ambición de primavera.
Todo estará en el vuelo
recogido,
como la luz que imprime en el espejo
la suavidad de un mundo imaginado.
Todo te sabrá a espacio
y a deseo,
y dejará en tu boca un nido dulce
de silencio y memoria rebrotada.
Te escribiré de nuevo,
amada mía,
porque mi voz te alcance aladamente,
embriagadoramente, eternamente.
Busco el olor,
sí, el olor obediente y suave
de tus senos impacientes,
y el roce
humilde y vivo de tu labio,
la reverencia
hospitalaria de tus párpados,
la delicada
orfandad luego de la luz,
cuando mi boca
los sella, oscura y tibiamente.
Siento enseguida
tus manos, navegantes
sobre mi cuerpo en oleaje,
y el espacio
desnudo de palabra,
y la muerte
dormida, como un ala
que, de pronto,
agita su destreza,
la espada dulce que en tu boca
al fin se moja de gemidos
cuando llenas
de tiempo húmedo el deseo
mordido como un fruto.
Tu boca sabe, amada, a hierro y vida
y trae encadenado a mi memoria
el aliento cautivo
de las bocas que amaste hasta mi boca.
Por tu piel se reaviva
el fuego prisionero
que ajenas manos te prendieron
en tus senos rotundos,
desbordantes de luz palpable y tensa.
En tu vientre me sacias de blancura
y deseo y renacen las primicias
de la dulce espesura de la muerte.
Y en tu sexo --fuerte y áspero vino--
se vuelve a derramar
gozosamente
la niebla densa
de racimos de estrellas fugitivas.