Da la luz, por favor,
pon en sombra
la muerte y sus espejos,
la ruina de los dioses olvidados.

Ponme tus ojos
como brasas delante de los míos.
El esfuerzo rojizo
del pudor que te prende en la mejilla.

Y háblame de ausencias,
de mares rotos, vinos, lo que quieras.
En todo caso,
mueve tu voz, como una danza
por la piel ambiciosa del recuerdo
y del deseo.
No te calles, por Dios,
dime tus cosas, no te calles.

Que me siento volver con la marea
de esta luz y estos ahogos
a la espera, al amor,
a la aurora inexperta de mirarte.