Dame el pan este día, que me invades
con el hambre amplia y tierna del deseo.
Precipita mi alma en la crecida
ansiedad de ese vino, puro y vivo.

Te requiero en los labios, en las manos,
en plegarias de besos y caricias.
En memorias de amor, desembocadas
en la forma desnuda de tus senos.

Qué derrumbe de miedos y techumbres...
Monasterios de salmos y liturgias
derruidos en rezos arruinados.

Qué maitines tus ojos encendidos,
qué lectura tu voz, qué eucaristía,
ah,  tu cuerpo de harina enamorada.