Quise toda tu luz. Y tú lo sabes.
Una ambición oscura
me quemaba la boca y al besarte
hundía un mar exhausto de deseo
en tu boca,
cristal de sombra dulce.
Quise toda tu piel: crucé los ríos
de tus venas, buscando por tu cuerpo
la ingravidez, la voz y la palabra
derrumbada de gozo en tus gemidos.
Quise toda la vida
en un instante;
sentí el ciego rumor con que la herida
abre suavemente
los labios rojos al sediento filo.
Todo el tiempo de pronto
sabe a niebla,
a la seda lasciva de tus besos,
a la aurora que brota labio adentro,
enredada de estrellas como frutos.

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