Hundiste en el vientre
eterno y negro del tiempo
tu voz, que destellaba
como un cuchillo dulce;
erigiste desnuda
como espuma habitable ante mis ojos
tu cuerpo edificado.
Y el deseo encendido
temblaba por mi boca,
fantasma ebrio y oscuro.
A la cumbre exaltada de besarte,
al escarpado sueño de los dedos,
a la ferocidad cautiva de los sexos
me convoca esta noche
la ciega luz,
la reseca marea del recuerdo.