De lento amanecer,
de sabor vivo,
del brote de tu boca estremecida,
de la abundancia doble de tu pecho,
de tu gemido
voraz, abrupto, derramado,

de todos los reflejos que gozarte
pone en las oscuras pupilas de la muerte,
de toda tu presencia
y tu figura,
de labio, tarde soldado y ya vencido,
de silencio, maduro y sabroso,
de la urdimbre callada del recuerdo,
y de espejo, sediento de tu cuerpo,
ausente de la luz de tu mirada,

de todas estas cosas he alzado
un refugio de voces sigilosas,
que miran en tus ojos,
escalan a tu boca
y densamente
te besan en la cumbre del deseo.