Yo conocí en tus ojos
la exactitud glacial del fuego
prisionero
de lágrimas tejidas
en una red de negras amapolas.

Me mirabas, dibujando
vuelo en el viento y escribías
en la humedad borrosa de mi alma.
Allí se adormecieron
la luz calladamente,
la sombra recostada
en tu febril caligrafía.

Ahora corona su desvelo
esta copa en aliento y en deseo
de tus labios,
de su fruto, su bosque, su oleaje.
Embriágate de ella, 
de miel, de vino, hechizos
en oscuros panales preservados.

¡Si solo te devuelvo
líquida la pureza de tu llama,
recobradas
las alas, libres, de tu voz y de tu nombre!

Regresan a tu boca
alegremente,
como aves a la primavera rebrotada.