Dónde tu nombre, sí, dónde tu nombre, por qué labios se mece o se agita, extiende su caricia o su roce, su sonido, breve y sencillo como una luz prendida de repente, como una llama que de pronto brilla agudamente, con el rumor preciso de su tiempo luminoso, exacto y simple. Y seguro que viaja, otras veces, seguro que por cables sigilosos, metamorfoseado en chispa apresurada, y luego de nuevo vuelto en sí, junto a tu oído, se refugia como pájaro, arrebujado en seno cálido, familiar, y desde allí busca su eco, busca el perdido hilo de tu sonrisa o tu atención o tal vez tu incomodidad, busca para encontrarte, para amoldarse a ti como un guante entristecido, que solo se llena y exalta cuando la mano acostumbrada lo va despertando de la flacidez, el abandono, el olvido. 


Tu nombre, como el hueco preciso de la almohada, como el contacto tibio sobre la lengua del té, aún humeante. Tu nombre, qué despacio se va vistiendo del sonido hueco del pensamiento, de la suavidad con que el tejido de nombrarte sin decirte recubre tu recuerdo, la leve plenitud imaginada de tu sonrisa, el espacio huérfano de tu cuerpo, cuanto dentro de mí dibuja la mano caprichosa de la memoria. Y es dulce apurar el silencio, afilar su presencia, hasta que por fin sobre ella de nuevo agita tu nombre sus pequeñas alas, derrama en el aire el fulgor íntimo, su diminuto éxtasis, qué breve urna, qué sagrario de forma escasa y viva. Tu nombre, sí, tu nombre.