Sobre mis labios,
solo es el viento
el que pone jazmines
y ciegos besos.
Solo es el viento...
¿Sobre tus labios,
dibuja un velo,
se le llena la boca
de espuma y tiempo?
Solo es el viento...
Boca de niebla,
lengua de fuego,
llevas cegada mi alma
toda en ti ardiendo.
No es solo el viento...
Tus manos
se apresuraban a cubrir
tu desnudez en vano.
Adivinabas, temblorosa,
el frío,
el filo del cuchillo,
el odio,
desollando tu piel inmaculada.
Un ángel te entregó la muerte,
la dulce asfixia que evitaba
tanto dolor inútil presentido.
Venía mirando desde el cielo
tu camino de estrellas deseadas.
Extraña gloria este morir dos veces,
cruelmente en vida,
amorosamente asfixiada en la pantalla.
Extraña suerte este vivir dos veces,
en un rincón de Alejandría,
sucia y ya
demoníacamente cristiana;
y luego
en tantas salas lóbregas y abstractas,
de todo el orbe extenso ahora.
Tus manos
han trazado esta elipse prodigiosa,
este salto del tiempo, esta locura,
mujer
por fin ya sabia y libre
ante todos los hombres.
¿Me dejas, di, que te recuerde
cuando tus ojos
buscaban en los míos el espacio,
el lugar necesario
donde ocultar el tiempo,
su marea voraz, rítmica,
altiva?
¿Vas a poner de nuevo
sobre la tarde lenta
las figuras quebradas del recuerdo,
las alas rotas, los agravios,
los cuerpos extraviados
en el oscuro bosque del placer?
Tengo en la boca
grabado el mapa exacto de tus labios
rojos y tersos,
el tacto firme y tenso
de tus pechos.
Y por mi cuerpo
aún la bocanada ciega del deseo
extiende su aleteo
negro y lascivo.
Solo mirarte
bastaría seguro
para dejar ya siempre aniquilada
la rígida altivez, la asfixia,
la huella indescifrable del silencio.
¿Basta sin más con que te diga
que te amo? ¿O es que es preciso
acumular palabras
como escombros,
trenzar metáforas, sonidos,
versos que se te enreden en la boca
y traigan esa antigua huella
de un cierto aturdimiento dulce
en que la lengua
evoca el trazo oscuro,
dudosamente,
el mapa ciego de tus dientes
y tus labios? Y sin embargo,
no sé callarme, no, no sé callarme,
y una y otra vez te dejo escritos
escombros, versos, huellas, mapas,
la ruina suave del recuerdo,
la medida canción de la memoria,
la evocación del beso hecho herida,
cartografía
de tanto amar, de tanto amarte, sí,
de este modo exhaustivo de quererte.
El sueño espeso del deseo,
la vestidura blanca del olvido,
sus ojos, vacíos y hondos,
todo lo deposito
en el umbral incierto del silencio,
y busco
la humedad impaciente,
la soledad espaciosa de tu boca.
Como aves antiguas
las palabras se mojan
tibiamente en tus labios,
y enseguida
alzan de nuevo un vuelo
oscuro en las moradas
secretas de tus ojos.
Dónde pondrán sus cuerpos
pequeños y lascivos,
alados y precisos,
en qué lecho ansiarán
el temblor
dulce, la llama fría,
los labios resecos
de la muerte.
Qué despacio mis ojos por tu cuerpo
buscan un viento helado, una locura
de pájaros huidos, de minutos
mansamente dormidos sin memoria.
Con cuánta soledad tu movimiento
me encadena en el fuego de mirarte,
en la prisión oculta y codiciosa
del deseo de ti, sedoso y vivo.
Ah, por dónde alcanzar tu boca esquiva,
por qué espacio volar hasta tus ojos,
por qué cielos traidores y nocturnos,
por qué ocasos malditos y qué lunas.
Siento la boca dormida, como un nido
vacío, como un vaso
sucio y sediento. Y una marea
de tinta espesa y codiciosa
moja todo el papel de auroras muertas,
de recuerdos bastardos y negruzcos.
Y me infecta tu amor, como una larva
que fermenta en su ciega podredumbre.
Quiero beber de nuevo
la muerte ávidamente de tus labios,
la eternidad de hierro del olvido,
el agua oscura de tu sexo
tibio y sedoso.
Dentro de mí tu voz
extiende su eco.
Dentro de mí,
todo es espacio,
para su vuelo.
Dentro de mí, tu voz
a menudo, mi amada,
calla a destiempo.
Trenza secreta
de palabras de cielo
que me iluminan
todo el silencio.
Y aún no despierto.
Y está tu voz
dentro de mí,
dentro, mi amor,
como tu cuerpo.