La Coctelera

Categoría: Poemas de sombra

Sombra ahogada

Soy solo ahora
espacio ahogado en sombra,
cobijo de una mancha
de color podrido.
El recinto abrasado de lo impuro.

Bebo la luz
entumecida
en el fondo del agua.

No deshojo otra voz que tu mirada: 
vives (aún te siento
más allá del beso),
en el hueco lascivo de mi boca.

Amarte: huella fría
de una espera desnuda,
los huesos absurdos de un naufragio,
la soledad, tal vez palabras
que no se visten de labio ni de vida.

He arrancado tu voz

He arrancado tu voz
de las manos oscuras del silencio.
Y he puesto de nuevo
sus alas en la boca
y el aliento suave del recuerdo.

Nada puede el olvido

Nada puede el olvido,
sus manos oscuras,
su negra luz,
su  terso manto.
Vuelve siempre
el filo de tu voz,
tus de veras, tu sonrisa,
tu abrazo.
Vuelve el recuerdo,
se acuclilla, menudo,
en tu nombre, ese pájaro
de alas tan pequeñas.
A veces, seguro que imaginas,
rebusco en los bolsillos,
remuevo en el silencio seco
de su fondo. Y te encuentro
rozando
la soledad de mis dedos,
mirándome, luego,
desde el espejo que dibujan
habitado de ti
los ojos interiores.
Y bebo las palabras
leídas de tu boca:
de veras que me quieres,
me preguntas.
Y sonríes de nuevo,
eternamente.

Nausícaa

Solo tu amor era una playa
para el naufragio denso 
y el olvido;
solo tus labios: como arena

en que besaban los míos
el silencio.
Buscaba yo el regreso,
la patria imaginada,
pero en la boca,
se te secaba a la deriva
el deseo 
en la sal y en la sed
de oscuros besos.
Ahora solo te ofrezco
una imagen desnuda 
de tu risa,
un eco deslumbrado
de tus ojos,
despojos y palabras
ya desguazados y vencidos.
Construye tú, princesa,
una balsa, tiende
en la vela
una libre esperanza;
pon rumbo vivo
hacia tu propio sueño.

Plegaria

Es delgada la voz que te descubre
detrás de las cortinas
y las horas. Es espesa la sangre
de la aurora de sal desvanecida.

Un dibujo de sombra. Una palabra
tendida en el silencio
como un cuerpo por fin deshabitado.

No podré regresar hasta la orilla
de tus labios de menta devorada.
No podré regresar, y sin embargo
esa es, y por qué, mi única plegaria.

Solo es el viento

Sobre mis labios,
solo es el viento
el que pone jazmines
y ciegos besos.
Solo es el viento...

¿Sobre tus labios,
dibuja un velo,
se le  llena la boca
de espuma y tiempo?
Solo es el viento...

Boca de niebla,
lengua de fuego,
llevas cegada mi alma
toda en ti ardiendo.
No es solo el viento...

Hipatia

Tus manos
se apresuraban a cubrir
tu desnudez en vano.
Adivinabas, temblorosa, 
el frío,
el filo del cuchillo,
el odio,
desollando tu piel inmaculada.
Un ángel te entregó la muerte,
la dulce asfixia que evitaba
tanto dolor inútil presentido.
Venía mirando desde el cielo
tu camino de estrellas deseadas.
Extraña gloria este morir dos veces,
cruelmente en vida,
amorosamente asfixiada en la pantalla.
Extraña suerte este vivir dos veces,
en un rincón de Alejandría,
sucia y ya
demoníacamente cristiana;
y luego
en tantas salas lóbregas y abstractas,
de todo el orbe extenso ahora.
Tus manos
han trazado esta elipse prodigiosa,
este salto del tiempo, esta locura,
mujer
por fin ya sabia y libre
ante todos los hombres.

La huella del silencio

¿Me dejas, di, que te recuerde
cuando tus ojos
buscaban en los míos el espacio,
el lugar necesario
donde ocultar el tiempo,
su marea voraz, rítmica,
altiva?
¿Vas a poner de nuevo
sobre la tarde lenta
las figuras quebradas del recuerdo,
las alas rotas, los agravios,
los cuerpos extraviados
en el oscuro bosque del placer?
Tengo en la boca
grabado el mapa exacto de tus labios
rojos y tersos,
el tacto firme y tenso
de tus pechos.
Y por mi cuerpo
aún la bocanada ciega del deseo
extiende su aleteo
negro y lascivo.
Solo mirarte
bastaría seguro
para dejar ya siempre aniquilada
la rígida altivez, la asfixia,
la huella indescifrable del silencio.

[an error occurred while processing the directive]